Quizá con menos concesiones que en Casa de muñecas, Ibsen consigue con El pato salvaje demostrar que no siempre la justicia tiene por qué resultar justa. El empeño de Gregorio Werle por destapar la hipocresía, aunque en ello resulte implicado su propio padre, desatará una espiral que sólo el suicidio de una niña podrá parar. Hermosa y enormemente cruel alegoría la que propone Ibsen, la muerte del inocente como redención para las penas de los adultos. Encarnada primero la redención en un pato, absurdamente encerrado en un desván, será la niña, Eudivigis, la que se sacrifique para que la falsedad del matrimonio de sus padres encuentre una salida. Es enormemente cruel el final, ese final desangelado en el que Werle, que en ningún momento se considera culpable por haber desatado la pesadilla, dialoga con el cínico Relling. Menos famosa que Casa de muñecas, es sin embargo esta obra de Ibsen un auténtico ejercicio de teatro moderno, con sus constantes referencias al pasado, ese pasado que acecha al presente de lo protagonistas, que les impide seguir adelante.



Ay, ésta no la conozco…>🙂>Menos mal que escribes aquí, que si no, pensaría que te enamoraste del dedo gordo de un noruego…>😛>>Bicos
hola vigue. lo cierto es que he vuelto con pocas ganas de resucitar a desesperada! pero seguiré estando por aquí!!!! bicos.