«La cronología del agua» (2011). Lidia Yuknavitch.

«La cronología del agua» (2011). Lidia Yuknavitch.

Cuando terminé este libro estuve un buen rato intentando dilucidar si me había gustado o no. No lo tengo claro todavía, pero sí tengo la certeza de que esta historia no puede dejar a nadie indiferente: es como un puñetazo en el estómago.

Lidia Yuknavitch, la narradora, nos cuenta, con una estructura que parece caótica pero no lo es, la historia de su vida. Su padre abusaba de ella, marcándola para siempre, por eso ese aparente caos en el orden de la narración no existe: Lidia necesita contarlo, pero no es capaz al comenzar a narrar su historia, y esos saltos, esas aparentes aberraciones cronológicas, son la línea recta de su memoria hacia esa infancia marcada por el abuso. Lidia, una excelente nadadora, también necesita esa cronología acuática para desgranar su historia, así que tenemos una segunda línea, de nuevo no cronológica, pero esencial en esta autobiografía desgarrada. El alcoholismo de su madre y su depresión son la tercera pata de su infancia: los abusos de su padre, nadar y la inacción de su madre definen su vida adulta. Esa madre que parece dejarla a su suerte le salva sin embargo la vida firmando a escondidas la beca que permitirá a Lidia salir del infierno, como ya hizo antes su hermana. Pero está muy dañada, y llega a la universidad con una beca deportiva y una sed de autodestrucción que la devora; drogas, alcohol, sexo, todo vale para esconder ese dolor sordo que la recorre constantemente. En las primeras líneas ya descubrimos que pierde a su primera hija y que debe parirla sabiendo que está muerta. Que Lidia escoja precisamente ese recuerdo para presentarse ante nosotros es revelador.

La vida de esta mujer rota que intenta repararse va de polvo en polvo, de borrachera en borrachera y de ciudad en ciudad hasta que el azar le da la opción de entrar en un taller de escritura de Ken Kesey (autor de Alguien voló sobre el nido del cuco), y es precisamente escribir lo que comienza a sanarla.

No es fácil de leer esta obra: los saltos temporales son abruptos y nos golpean sin piedad, y la vida de Lidia es, en ocasiones, brutal. Pero también hay amor, y risas. Y momentos felices. El agua, la protagonista absoluta de la historia, junto a Lidia, define los huecos y llena los vacíos, y el camino de esta niña rota que va pegando sus pedazos poco a poco está húmedo y lleno de brazadas. No hay redención, no hay lección: solo nadamos con ella, viéndola coger sus trozos rotos y pegarlos, hasta que llegamos a su tercer matrimonio, la calma y la maternidad. No la cura un hombre, no la cura su bebé: se cura ella misma, la cura la primera línea que escribe, y sanar es lo que le permite enamorarse esta vez sin necesitar autodestruirse.

La película con la que la actriz Kristen Stewart se ha estrenado como directora adapta esta novela. ¡Habrá que verla!

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Nota: 7/10.

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