Nos pasamos toda la novela intentando saber qué cojones le pasó a Josy, la hija del psiquiatra Viktor Larenz: tras perder su trabajo, se refugia en una cabaña en una isla semiperdida y allí llora la pérdida de su hija, que enfermó primero, sin que los médicos supiesen por qué, y desapareció después. Anna, una misteriosa mujer, aparece en la isla para romper la paz y obligarlo a recordar: vale, nos queda claro desde el primer momento que ella no es real y que esto es una especie de Shutter Island a lo cutre, porque Larenz, evidentemente, es esquizofrénico. Sospechamos que el padre ha tenido algo que ver en la desaparición de la niña, y sí, lo tuvo: es un cabronazo que envenenó a su hija (Münchhausen por poderes) para hacerla enfermar al temer perder su amor. Hasta ahí todo bien, era lo esperado, pero lo acojonante es que el final, que es una basura, nos lo pone como el «menos malo» cuando descubrimos que, en realidad, la peque ni desapareció ni ha muerto: su madre se la llevó y han iniciado una vida lejos de él. ¿Y la mala malísima es la madre por llevársela? Siento destripar el final pero es que me parece surrealista, y también que esta novela lo petase en su momento.


