«La hermana» (1946). Sándor Márai.
En el destino de una sola persona, la fatalidad puede condensarse con la misma intensidad que en el de pueblos enteros. ¿Por qué esperar, pensé, por qué creer que grandes pueblos puedan entenderse, convivir en paz en las distintas regiones de la tierra, cuando todas las personas son víctimas desesperadas y casuales de pasiones ciegas e impulsos irracionales? Pensé en la arrogancia vanidosa y desmedida del hombre, que se atreve a pensar que con sus espureas maquinaciones, además de provocar un cruel derramamiento de sangre, es capaz de alterar hasta las leyes eternas que rigen el mundo. No; es más…









