Cuando era joven me pasé un año entero leyendo todo lo que escribió Asimov, uno de los escritores de ciencia ficción más fascinantes de la historia. Tenía muchas ganas de releer una de, para mí, sus mejores novelas, El fin de la Eternidad, que es una precuela de su celebérrima serie sobre La Fundación. Es curioso qué diferente es acercarse a un libro cuando eres joven que cuando eres una señora: las conclusiones son diferentes, así como las sensaciones que te despierta, y por eso me gusta tanto releer ahora obras que marcaron mi juventud como lectora.
El fin de la Eternidad nos presenta un mundo en el que la élite son los Eternos, viajeros del tiempo que tienen el poder de cambiar el futuro de una civilización. Harlan, el protagonista, es un Técnico, la clase más denostada de Eternos porque son los que ejecutan los cambios. La clase más alta de esta élite son los Computadores, liderados por Twissell, que recluta a Halan tras leer sus certeros informes sobre los siglos que le envían a analizar. La primera parte de la novela te provoca un cortocircuito mental: fiel a su estilo, Asimov no nos explica nada, se lanza desde el primer capítulo a contarnos la historia de Harlan como si conociésemos todo el funcionamiento de su mundo. Asimov no toma por imbéciles a sus lectores y les presupone una inteligencia media: gracias, maestro.
Cuando, tras el cortocircuito, entiendes por fin cómo funciona el tinglado este de los Eternos, no tienes mucho tiempo para analizarlo: ya tienes claro que Harlan la ha cagado. Se ha enamorado. ¿Es delito? No, pero no es recomendable. Los Eternos son casi todos hombres, porque, como nos explica Harlan mientras hace uno de sus cálculos, es muchísimo más difícil «eliminar» a una mujer de su siglo y que no afecte a los futuros. Sí, los viajes en el tiempo son complejos – de hecho Asimov creo sus reglas, básicamente- requieren análisis y mapas temporales para seguir linajes y garantizar que, cuando se aplique un Cambio de Realidad, el futuro se corrija sin modificaciones estridentes. La Eternidad, ese lugar y esa organización que decide de manera unilateral el futuro de todos los siglos desde el XXVI, solo tiene un punto oscuro en los viajes en el tiempo: los Siglos Ocultos, que van desde el 70.000 hasta el 150.000. Nadie parece preocuparse de esa incongruencia, pero es clave en la novela.
Harlan conoce a Noys Lambent en una de sus misiones de evaluación. Ella vive en un siglo que no gusta demasiado al Técnico y en el que hay que corregir alguna cosilla. Noys trabaja temporalmente en la Eternidad, pero Halan sospecha que es un cebo puesto por uno de sus superiores, al que detesta, el Programador Hobbe Finge, para que se acueste con ella y provocar una mácula en su meteórica carrera.
Lo más interesante para mí de esta novela es cómo esa primera parte es un torbellino: son las emociones de Harlan, reprimidas desde que fue reclutado, casi un niño, hasta que Noys las desata. Siente celos, siente miedo, siente amor. Desesperado al descubrir que, cuando haga el Cambio de Realidad, ella va a desaparecer (es extraño, sí, pero a veces sucede, se dice), decide esconderla en uno de los Siglos Oscuros, infringiendo todas las leyes de los Eternos. Mientras piensa cómo salir de semejante lío, una de las veces que va a verla no puede: hay una barrera temporal que impide viajar a los Siglos Oscuros.
Llegadas a este punto ya tenemos claras dos cosas: el complejo de dios de los Eternos y la incapacidad de los humanos de evolucionar. Ambas son claves para que el personaje de Harlan llegue a su clímax.
El Computador Twissell pide a Harlan al principio de la novela que forme a un aprendiz de Eterno, Cooper, y le indica específicamente que lo haga estudiar historia antigua: la de los siglos preEternidad, de los que nuestro antihéroe es un enamorado, aunque no es algo bien visto en su trabajo. Cuando Harlan entiende por fin lo que está pasando, comprende por qué Twissell lo reclutó y por qué era tan relevante educar a Cooper en esos siglos inalterables. La historia de la Eternidad se forjó en el siglo XXIV gracias a la investigación de un hombre que, como recoge la historia, tuvo ayuda de un Eterno. Lo que la historia no recoge es que ese científico murió, y quien sentó esas bases fue Cooper. Desesperado al creer que han sido Twissell y el Consejo quienes han bloqueado su viaje a los Siglos Oscuros, se carga la misión enviando a Cooper al siglo XX, en vez de al adecuado. Esta parte es apasionante: Twissell y Harlan saben que el joven Eterno intentará comunicarse con ellos, y el Técnico deduce que será en un anuncio en un periódico, que encuentra, obteniendo la fecha donde está atrapado Cooper. Exige a Twissell, si quiere que viaje tan atrás para enmedar su error, que vayan a buscar a Noys y, cuando lo hacen, el bloqueo temporal ha desaparecido. Harlan flipa, y algo hace clic en su cerebro y ata todos los cabos: Noys viaja con él al siglo XX y allí la confronta, convencido de que es una humana de los Siglos Ocultos. Sí, lo es: su misión es impedir que nazca la Eternidad, porque, como cree su civilización, ha limitado la evolución humana y ha impedido el desarrollo de los viajes interestelares, al centrase solamente en el estudio de los planos temporales.
Sí, amigas, Harlan hará lo correcto: se va a quedar con Noys en nuestro siglo y la Eternidad nunca existirá. Es el final lógico siendo Asimov, un ardiente defensor de las sociedades libres y del libre albedrío de los hombres y mujeres, una constante en toda su obra. Por eso es tan maravillosa esta novela, en la que hay muchas capas y muchas lecturas. La primera, ese disfraz de machismo que nos golpea en las primeras páginas, con un mundo manejado por hombres que se resisten a dejar entrar a las mujeres con excusas peregrinas: será una mujer, evidentemente, quien cambie el destino de la humanidad. Otra de las capas nos hace reflexionar sobre los límites del poder y los autoritarismos, por muy disfrazados de democracia que estén. Y una de mis favoritas es la consciencia de que los ciudadanos no somos más que borregos en manos de esa autocracia que ostenta el poder. Como vemos, poco o nada ha cambiado desde que se escribió esta novela, a mediados del siglo XX.

