«Tan poca vida» (2015). Hanya Yanagihara.

«Tan poca vida» (2015). Hanya Yanagihara.

Aunque es un fenómeno literario, yo no había oído hablar de esta novela, ni tampoco de su autora. No suelo leer reseñas de libros (me gusta llegar a ellos sin tener ninguna referencia, y rozo, o más bien sobrepaso, debo reconocer, la psicopatía en este aspecto) ni tengo Tiktok, la red social que lanzó a Yanagihara al estrellato. Así que, 10 años después de su publicación, llegué a esta novela gracias a una amiga con la que comparto gustos literarios. Es una novela larga, muy larga, y la he leído con rapidez, porque soy una lectora rápida, pero no a la velocidad suficiente: ese es mi baremo, normalmente, pues las novelas que me apasionan las devoro en horas (salvo honrosas excepciones, como algunas de complicada lectura, que necesito hacer de manera reposada aunque me estén fascinando), como una yonqui. Esta me ha llevado unos días.

Aunque sin duda es una buena novela, bien escrita (no tan increíblemente bien como sus fans describen, pero bien escrita) y, sobre todo, que maneja muy bien la trama (solo nos regala migajas para mantener nuestra insana curiosidad sobre el pasado de Jude, que no conoceremos hasta la última parte de la novela), creo que es demasiado novelón. Y no lo digo como algo bueno, como lo diría de Anna Karenina o de Madame Bovary, por ejemplo, o incluso del dramón de los dramones: La dama de las camelias. No, es un novelón en el sentido peyorativo del término: ¿hay alguna miseria humana que a la autora no se le haya ocurrido agregar para convertir a Jude en el hombre roto que es? Francamente, bastaría con sus años con el Hermano Luke para destrozar psicológicamente a cualquiera, pero meterle después al malévolo médico que lo rompe también físicamente es una especie de pornografía del dolor. Le pone más equipaje, pero solo con una de esas dos maletas, creo, hubiese sido suficiente para el viaje de Jude. Es tal la carga de dolor que arrastra que, al menos a mí, me produjo el efecto contrario al pretendido: llegó un momento en que dejé de sentirlo.

La historia nos narra la vida de cuatro amigos que se conocen muy jóvenes: Jude, Willem, Malcolm y JB. Cuando se encuentran, compartiendo habitación, Jude, el más joven, ya es ese ser roto que vamos a ir conociendo en la novela, pero esa amistad se convierte en una especie de salvavidas, o, más bien, de «salvamuerte», por hacer el juego de palabras adecuado: Jude es carne de suicidio, y lo que vemos en toda la novela es cómo se teje una red de seguridad a su alrededor para evitarlo.

Jude es el protagonista absoluto: lo es cuando la autora es la narradora y también cuando, de vez en cuando, cede la voz a algún otro personaje, como a Harold, su padre adoptivo, o a Willem, su amigo del alma. Pero todas, absolutamente todas las palabras de esos personajes están dedicadas a Jude. Al final, es Harold quien toma la palabra, para dejarnos ya extenuados de tanta tristeza: me hubiese parecido más valiente, literariamente hablando, que fuese la narradora quien nos detallase el final, para ofrecernos una visión más aséptica, como hace en el resto de la obra. Porque uno de los aciertos de la escritora es contarnos tan tremendo drama con una prosa distanciada, sin cargar las tintas en el dramón (cosa que se agradece, sino a saber en qué estado llegábamos al final de la novela).

A Jude lo acompañan en esa aventura que es la vida muchos personajes, pero los principales son sus tres amigos y sus padres adoptivos. Sus amigos son de talante dispar, y, aunque se habla de ellos durante páginas y páginas, la profundidad psicológica que cabría esperar no aparece. JB, el más mezquino, tiene alma de artista y la autora le otorga unos cuantos atributos de los comúnmente identificados, seguramente de manera errónea, con los creadores: es voluble, es egoísta y necesita ser el centro de atención. JB va a triunfar, en parte, gracias a sus amigos, a quienes toma fotos en momentos que comparten para convertir esas imágenes en cuadros: esos cuadros lo convertirán en un artista cotizado. Uno de los momentos más crueles de la novela (sí, a pesar de toda la mierda que carga Jude encima, ese momento es devastador) lo protagoniza JB en uno de los peores momentos de su vida, enganchado a las drogas y con sus amigos intentando ayudarlo a dejarlas: en un arrebato enormemente cruel, se pone a imitar a Jude caminando, con su cojera y sus movimientos estrafalarios. ¿DE VERDAD ERA NECESARIA ESTA PUÑALADA A NUESTRO «DAMO DE LAS CAMELIAS»?

Malcom, de buena familia, se hace arquitecto, pero, más allá de diseñar las casas de sus amigos, solo de vez en cuando se ofrece información sobre sus triunfos. Hacia la segunda mitad de la novela empieza a ser más relevante, quizá porque, si no, no íbamos a sentir dolor cuando muere.

Willem, el amigo del alma de Jude y finalmente su amor, sí aparece mucho mejor retratado, pero, francamente, creo que con una idealización bastante poco realista. Guapo y encantador, además de bondadosísimo, perdió a un hermano por una enfermedad degenerativa y, cuando lo conocemos, aspira a ser actor. Por supuesto, lo consigue y se hará famoso. Y, de repente, años después, se da cuenta de que está enamorado de Jude. A ver, que puede pasar, sí, pero creo que, bajo la pátina de novela de culto que marca a Tan poca vida lo que se esconde es un culebrón muy bien escrito. Porque ya me parece rizar el rizo que, después de toda la mierda que ha pasado Jude, cuando por fin encuentra a alguien capaz de hacer todo lo posible para que su relación funcione, te lo cargues también. COÑO, ¡ES DEMASIADO!

Hay más personajes importantes, como Harold y Julia, que adoptan a Jude siendo adulto, y en los que el encarnizamiento del drama ya nos sobrepasa: Harold perdió a su hijo por una enfermedad rara cuando tenía cinco años, y precisamente decide adoptar a Jude, quien, como todos sabemos casi desde la página 10, no va a terminar bien.

Para resumir: Tan poca vida es una buena novela, no puedo negarlo, pero, al menos para mí, semejante sobredosis de drama es demasiado; terminé anestesiada.

Nota: 6/10.

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