«Yo que nunca supe de los hombres» (1995). Jacqueline Harpman.

«Yo que nunca supe de los hombres» (1995). Jacqueline Harpman.

No siempre van a ser tóxicas las redes sociales: gracias al club de lectura digital de la cantante Dua Lipa, esta novela de finales del siglo XX se volvió viral y nos ha permitido disfrutarla a miles de personas en todo el mundo. En España no se tradujo hasta 2021, así que tampoco hubiésemos podido leerla antes, y esto me hace reflexionar sobre la cantidad de voces fuertes de mujeres que nos hemos perdido.

Esta novela distópica es corta, se lee rápido y es maravillosa. Lo primero, por no tomar posiciones, sino describir de manera brutal los hechos, sin concesiones. Lo segundo, porque su análisis de las relaciones humanas es desabrido pero esperanzador. Y, para terminar, porque la narradora es excepcional.

Yo que nunca supe de los hombres nos lleva a un lugar que no reconocemos (¿es la Tierra o es otro planeta?), a un tiempo que, aunque sabemos que es moderno (hay tecnología), no podemos ubicar y nos cuenta una historia que nunca sabremos por qué sucedió. No es eso lo importante para Harpman, sino diseccionar cómo sería una mujer si no hubiese conocido nada más que una vida sin amor, sin tocar a nadie. Esa es la vida de la protagonista de la novela, una adolescente o una joven, su edad no se sabe, que aparece ante nosotros contándonos cómo vive: encerrada en una jaula junto a 39 mujeres, siempre vigiladas por hombres uniformados que nunca hablan. Ella puede hablar con sus compañeras de celda, pero no les está permitido tocarse, por lo que ella, que apareció en la jaula de pequeña sin que nadie sepa por qué, jamás ha tenido contacto humano, solo verbal. Su especial situación la ha hecho cruel con las mujeres de la celda, todas adultas, pero un hecho inesperado le enseñará a entenderlas: una catástrofe que tampoco sabemos nunca qué es les permite salir de la jaula, pues sucede justo cuando el guardia ha metido la llave para darles los alimentos del día. Las mujeres salen y se encuentran en un lugar que no conocen, y dudan hasta que sea su planeta. Tiene comida y agua al alcance, y pronto entienden que los hombres no van a volver, pero, aun así, deciden moverse, buscar a otros humanos: nunca los encontrarán, solo hallarán otros búnkeres como era el suyo, bajo tierra, con las 40 mujeres muertas porque nadie abrió la jaula. Encuentran alguna con hombres, pero pocas: son casi todas de mujeres. Y, en esa travesía hacia ningún lugar, la niña crece y aprende a relacionarse con esas mujeres a las que creía despreciar. Es esta para la autora la importancia del relato: cómo una niña criada en una situación extrema debe aprender, entre la desesperanza, a relacionarse con el resto de las mujeres; cómo crean una aldea e intentan ser felices. Cómo las va viendo morir a todas y cómo, cuando descubre un búnker muy diferente al suyo, con todo tipo de lujos, se instala allí, consciente ya de que es la última habitante de ese planeta, sea cual sea.

El contraste entre cómo asume ella lo que está pasando frente a la desesperanza de las mujeres es la diferencia entre quien no ha conocido nada mejor y quienes lo disfrutaron, pese a ser mujeres pobres. Todas recuerdan el amor, el romance: a los hombres. Nuestra pequeña prisionera solo ha visto a los guardias de la jaula, y jamás ha hablado con ellos. Se va a morir sola, pero lo asume con un pragmatismo impresionante. Porque, ¿tiene la vida sentido cuando no puedes vivirla?

Como nota: me fascina la cantidad de gente que escribe reseñas sobre esta novelita mostrándose decepcionada porque no entiende que no haya desenlace. Nos están convirtiendo en cenutri@s.

Nota: 8/10.

Información sobre la autora.

Nota: 7/10.

Información sobre el autor.

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