Ambientada en un momento histórico en el que los aires de la revolución cruzan Europa, 1794 nos lleva hasta el Estocolmo del siglo XVIII y nos ofrece un despiadado retrato del ser humano. No hay excepción en esta novela: la maldad atraviesa a todos sus personajes y, si no la provocan ellos, la sufren con una injusticia desoladora. El único ser realmente noble, aunque al final también sucumbirá en parte a la red de maldad que lo rodea, es Cecil Winge, un investigador enfermo de tisis, a las puertas de la muerte, que recibe el encargo del casi desahuciado jefe de policía (al que su honradez le va a costar el puesto) de descubrir al asesino de un hombre que ha aparecido en el puerto totalmente mutilado y sin ojos. El cadáver fue rescatado del agua por un guardia, Mickel Cardell, un veterano de la guerra contra Rusia, entregadísimo al alcohol y la mala vida, que se convertirá en el improbable pero sagaz compañero de Winge en la investigación. Todo el embrutecimiento de Cardell, sin embargo, oculta, en mi opinión, al único personaje que realmente nos hace tener un poco de fe en la humanidad. Cecil y Mickel parten de dos puntos antagónicos, uno desde la pureza y otro desde la depravación y, sin embargo, al final se cambiarán las tornas, de manera implacable.
La identidad del cadáver es un misterio, pero el sufrimiento que tuvo que soportar en vida ese hombre es evidente. ¿Quién puede haber sido tan sumamente cruel para hacer algo semejante? Los dos investigadores irán desenredando poco a poco una madeja terrible, aunque, realmente, todo lo que les rodea es igualmente terrorífico. Sin embargo, en la línea que traza Cecil en los crímenes algunos son peores que otros, y este le parece espantoso. Quizá la desgracia de Anna Stina, condenada falsamente por prostitución por el hombre que ha intentado violarla, no sea tan dramática como la del hombre mutilado, pero la vida de esa adolescente inocente se ve rota para siempre, y solo su determinación logrará romper un futuro devastador para buscar una segunda oportunidad. En su rígida virtud, Cecil parece no ver lo que le rodea, pero sí lo ve Cardell, quien ha vivido entre toda esa depravación e injusticia toda su vida. Es ese contraste entre los dos hombres lo que llena de matices la trama, que se arrastra entre las cloacas del ser humano hasta encontrar al asesino del hombre mutilado.
La novela se divide en tres partes: en la primera asistimos a la descripción del terrible mundo de la pobreza de Estocolmo, donde sobrevivir es una batalla, mientras los dos investigadores hacen pequeños avances hacia la verdad. En la segunda, las cartas que escribe un joven a su hermana fallecida, contando lo que ha tenido que hacer para sobrevivir, arrojan luz sobre lo que le pasó al hombre mutilado, y la historia de todos se cruza con la de Anna Stinna. En la tercera parte, Cecil y Mickel encuentran al asesino, y Cecil necesita entender por qué hizo lo que hizo, analizando al monstruo mientras la vida se le escapa. Su decisión final rebaja a Cecil, mientras que la de Mickel lo redime.
Gran novela, sin duda, hilada con maestría por un narrador extraordinario.
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