«El retrato de una dama» (1881). Henry James.

«El retrato de una dama» (1881). Henry James.

Isabel Archer es seguramente el personaje femenino literario que más me fascina. Profundamente moderna, adelantada a una época de rígidas convenciones sociales, llena de preguntas sin respuestas y con un deseo tan desgarrador de ser libre que, a medida que la novela avanza, sentir cómo sus alas se van empequeñeciendo es desolador. La trama arranca en Grandecourt, una hermosa casa inglesa a la que la norteamericana y pobre Isabel Archer llega con su rica tía, que ha decidido ocuparse de ella tras la muerte de su padre. En Grandecourt, Isabel conocerá a su tío, que la impresionará notablemente, y a…
Rojo y negro (1830). Stendhal.

Rojo y negro (1830). Stendhal.

Julien Sorel no me gusta. De hecho, dudo que a nadie pueda gustarle uno de los personajes más oscuros de Stendhal, del que nos hace un retrato despojado de compasión en el que desnuda sin piedad todo lo que él consideraba fallido en la sociedad de la época que le tocó vivir. A diferencia del vacío Fabrizio de La cartuja de Parma, tan lleno sin embargo de encanto que es imposible no sucumbir a su seductora personalidad, Sorel se nos presenta desde las primeras líneas de Rojo y negro como alguien oscuro, insincero -consigo mismo y con los demás- y…
«La pulga de acero» (1881). Nikolái Leskov.

«La pulga de acero» (1881). Nikolái Leskov.

El irónico y cáustico sentido del humor que destila esta obra, escrita como un cuento ruso, es tan intenso que por momentos abruma. Leskov fue un escritor incomprendido a veces en su época, y leyendo La pulga de acero es fácil comprender las dudas de sus lectores, porque no se sabe en ningún momento si la aguda pluma de Leskov apunta a los rusos, a los extranjeros, o constantemente a ambos. Dado su carácter conservador, sus obras más críticas resultaron duras de digerir para sus coetáneos, pero lo cierto es que esta cortísima narración no tiene desperdicio. El tono, el…
«El pato salvaje» (1884). Henrik Ibsen.

«El pato salvaje» (1884). Henrik Ibsen.

Quizá con menos concesiones que en Casa de muñecas, Ibsen consigue con El pato salvaje demostrar que no siempre la justicia tiene por qué resultar justa. El empeño de Gregorio Werle por destapar la hipocresía, aunque en ello resulte implicado su propio padre, desatará una espiral que sólo el suicidio de una niña podrá parar. Hermosa y enormemente cruel alegoría la que propone Ibsen, la muerte del inocente como redención para las penas de los adultos. Encarnada primero la redención en un pato, absurdamente encerrado en un desván, será la niña, Eudivigis, la que se sacrifique para que la falsedad…
«La cartuja de Parma» (1839). Stendhal.

«La cartuja de Parma» (1839). Stendhal.

La cartuja de Parma es una novela sublime, y, a pesar de ello, entretenidísima. El protagonista, Fabrizio, es aventurero, hermoso, indolente y nunca ha amado, hasta que conoce a Clelia mientras cumple prisión por matar a un infeliz en uno de sus lances amorosos. Su tía Sanseverina, que siempre lo ha amado, no puede tolerarlo. Ella y su amante, el Conde Mosca, han diseñado la vida de Fabrizio para convertirlo en alguien en Parma... y hasta aquí puedo leer. Si seguís este blog habréis notado mi pasión por los novelones del XIX, no puedo evitarlo, los adoro... Y este es…
«La educación sentimental» (1869). Gustave Flaubert.

«La educación sentimental» (1869). Gustave Flaubert.

Os aseguro que todo buen lector tiene que leer esta novela. Es un maravilloso ejemplar del novelón del XIX, quizá la mejor, no podría decirlo, pero, sin duda, sí una de las mejores. Flaubert es un escritor fantástico, cualquiera de sus novelas es una obra de arte, pero La educación sentimental es especial porque significó el nacimiento de un género, de una etapa. Frédéric, el protagonista, simboliza la idealización de esa generación del XIX francés, que se creía profundamente cargada de ideales sociales pero, en realidad, era intensamente vacía. Frédéric ama a a Mme Arnoux, y este amor imposible marcará…
«El conde de Montecristo» (1846). Alexandre Dumas.

«El conde de Montecristo» (1846). Alexandre Dumas.

Leí el otro día en una entrevista a la escritora Zadie Smith que las obras que marcarán el resto de tu vida son las que lees en la preadolescencia. Y puede que tenga razón. En esa etapa yo leí El retrato de Dorian Gray, El Señor de los Anillos, Crimen y castigo...Y leí El conde de Montecristo. En plena adolescencia, el folletín por antonomasia de Dumas, con permiso de Los tres mosqueteros, no pasa desapercibido. En realidad, Dumas se basaba siempre en los buenos y los malos, llenaba de tragedia la existencia de los buenos, te hacía sufrir con ellos…
«Frankenstein o El moderno Prometeo» (1818). Mary W. Shelley.

«Frankenstein o El moderno Prometeo» (1818). Mary W. Shelley.

Frankenstein no es un monstruo. Es un joven brillante, amante de su familia y generoso. Su ansia de conocimiento se dispara cuando comienza a estudiar en la gran ciudad; decide investigar sobre la vida y consigue construir un ser humano. La deformidad del engendro le hace repudiar su obra, pero ese ser, sin saber bien qué es, vagará en la oscuridad primero buscando afecto (el ciego, la niña), y después, perdida ya la esperanza, buscando venganza. Lejos del estereotipo que ha creado el cine, esta novela nos habla de la soledad. El monstruo creado por Frankenstein es el ejemplo perfecto…
Otra vuelta de tuerca (1898). Henry James.

Otra vuelta de tuerca (1898). Henry James.

Me encantan los relatos cortos, pero quizá este sea el que más me gusta de todos, con permiso de los de Poe. Henry James cuenta en Otra vuelta de tuerca la extraña historia de dos hermanos angelicales, a los que la protagonista, la nueva institutriz, comienza adorando para terminar temiendo. Es un relato perfecto, de esos que te dejan desasosegada. Confieso que tengo debilidad por la oscuridad en la narrativa, y aunque los relatos de Poe son quizá mis favoritos, lo cierto es que este de James es impresionante. Hay varias películas basadas en él, seguro que os suena. Y…
«Crimen y castigo» (1867). Fiódor Mijáilovich Dostoievski.

«Crimen y castigo» (1867). Fiódor Mijáilovich Dostoievski.

Si tuviera que elegir mis diez novelas favoritas, Crimen y castigo estaría entre ellas. Disfruté mucho más leyendo Los hermanos Karamazov, sí, pero Crimen y castigo es una obra de arte de tal calibre, que, junto a otro novelón como La montaña mágica, el maravilloso Genji, el delicado Retrato de una dama o cualquier obra de Tolkien, Virginia Woolf o de Oscar Wilde, tiene un lugar de honor entre las lecturas de mi vida. Hay novelas que te atrapan, que te hechizan. No es este el caso de Crimen y castigo, sino el contrario: la repulsa que nos causa su…